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Revista Conexos, Miami, 2017. október

A floridai, spanyol nyelvű irodalmi folyóirat októberi számában megjelent az Elpatkolsz, szívem, mint a pinty című kötet egyik írása, A férfi, aki visszafelé járja a táncot című novella (El hombre que baila al revés) Ferdinandy György fordításában.

El hombre que baila al revés

Maté, dijo, y me miró de tal forma como para levantarme de un golpe. Luego soporté su mirada hasta que me salieron las lágrimas.

Ocurrió en la isla más pequeña de las Cicladas, en la barra de un pueblo de pescadores. El hombre ya no vive: su muerte me persigue todavía.

Yo bajaba en bicicleta desde la montaña del centro de la isla, entre las paredes de olivares, hasta el pueblo para tomar algo y mirar al sol esconderse; regando el mar con vino tinto. La primera noche ya me percaté de él. Era imposible no hacerlo. Tenía una enorme nariz, perilla más barba que chivo, pelo canoso que caía sobre su espalda por encima de su sayo de pescador. Sin embargo, no era su apariencia lo que resultaba llamativa sino su inalterable soledad. Ordenaba, pagaba y, se arropaba en un profundo silencio con su vino de cada noche.

Debió ser a mediados de febrero, cuando pasaba yo uno de mis atardeceres en el puerto, escuchaba el agua chapotear, el gimoteo de las barcas rozándose. Contemplaba los colores más y más profundos y las luces de la isla vecina más y más vivas. Era día de lancha, el local estaba lleno, en mi mesa de costumbre, unos viejos jugaban, así que me dirigí a él y le pedí permiso para sentarme a su mesa. Me miró como quien considera un sinnúmero de posibilidades antes de tomar una decisión; finalmente asintió con la cabeza. Tampoco dijo palabra después, volvió a un lugar donde estaba todavía más solitario que aquí en la realidad.

El tiempo fue inconstante ese día; llovió torrencialmente y, de pronto, como a voz de mando, en las montañas las rocas desnudas brillaron bajo la chispeante luz del sol. Al mediodía, granizos de tamaño de arvejas golpearon el techo de los juncos secos en las terrazas.

Para la noche, el viento se calmó, las estrellas titilaron, el agua se convirtió en una masa negra como si no fuera más que un foso oscuro. Allí estuvimos sentados, media hora, quizás fue una entera, cuando unos excursionistas invadieron el bar. Eran jóvenes, nada les interesaba fuera de sí mismos, su ruido estridente llenó el local. A nuestra mesa también cayeron tres de ellos. Reían, bebían anís y cerveza; humeaban como chimeneas de fábrica. Por fin, se levantaron entre gritos de alegría para hacer fuego en la arena costera. Antes de largarse, uno de los que estaba sentado a nuestra mesa, con el descaro estúpido de los borrachos benévolos, le lanzó la pregunta:

– ¿Mataste, viejo? ¿Por qué estás tan cabizbajo?

Se apoyaba con las dos palmas de las manos sobre la mesa, pero aun así se tambaleaba; sus compinches reían, mientras lo arrastraban, llevándolo por la cintura. Cuando desaparecieron, el bar parecía vacío. La cara del hombre no mostraba sentimiento alguno, miraba su vaso; luego, bruscamente, levantó los ojos y dijo la frase de una sola palabra.

No dije nada, y él, no volvió a hablar. Tomó su vino y, me dejó sin despedirse. No habría pasado media hora, cuando volvió, tan borracho que apenas se sostenía en pie. Yo ya comenzaba a ordenar mis tesoros de la playa cuando cayó en su silla y, por tercera vez este día levantó su mirada de inquisidor extenuado. Me levanté y, aunque en esa época vivía muy modestamente, contando cada centavo, le pregunté si podía traerle un vaso de vino.

– No es necesario – dijo. – No soy cliente aquí.

Hablaba sosegado, hasta borracho sus palabras salían claras. Su voz no encajaba con la rudeza de cuerdas y astiles, de herramientas que, dejaron en sus manos, definitivamente la suciedad del trabajo manual.

Meditaba sobre eso mientras en el mostrador el tabernero llenó del tonel la jarra y de ella mi vaso. De rostro curtido, era un hombre jovial, de ese tipo que, después de los cincuenta no envejece más.

– Le limpio una mesa, por si quiere cambiarse – me dijo al entregarme mi vaso lleno, por encima del mostrador.

– No hace falta – le contesté. – Ya estoy por irme.

Asintió, pasando su mano por su pelo blanco erizado como un cepillo.

Apenas me senté, el hombre comenzó a hablar.

– Maté a una chica. Mi amor. Luego hui. Me monté en un barco esa misma noche.

Calló. Fijó sus ojos sobre la mesa rasgada, pero miraba hacia adentro. Yo pensaba que sería mejor quedarme fuera de todo esto. No podía ayudarlo. Y en media hora, volvería a mi pueblo.

– ¡Veinte años! – dijo tan alto que los viejos que jugaban en la mesa vecina, se volvieron a él. –– ¡Veinte malditos años! Usted no puede entenderlo.

Alarmado, vi cómo sus ojos se llenaron de lágrimas.

– Yo tampoco entiendo… Era de noche. Sábado. La esperaba junto al pozo. Reconocí sus pasos. Venía del lado del puerto. Canturreaba. Me puse detrás de ella, la grava rechinaba bajo mis pies… No fue miedo sino sorpresa lo que vi en sus ojos. El mundo perdido. Todo lo que pudo ser mío. La confianza necesaria para vivir. Como en un filme, todo ocurría frente a mí. Su nacimiento. La niña que peina su pelo. Todo. Vi a nuestros hijos.

Dejó de hablar. Salió de detrás de la mesa. Mientras manoseaba el cierre de su impermeable, en mi cabeza daba vueltas la pregunta de si podría decirle una palabra de consuelo. Al final no dije nada. Se fue y me quedé solo. La lluvia volvió de nuevo. Me preparé para irme. Guardé en los bolsillos de mi saco las conchas y caracoles, y mis piedras extrañas. El tendero me lo dijo en voz alta antes de marcar la cuenta en la máquina registradora.

– ¿Cuando llegó a la isla? – le pregunté.

Me miró sin entender.

– El hombre en cuya mesa me senté.

– ¡Ah, ese!

Dijo algo a los ancianos que jugaban. Dieron la vuelta hacia mí; en las viejas caras ojos vivos brillaban.

– Es de aquí – dijo uno de ellos. Quizás ni fue a la isla vecina.

– ¡Baila al revés! – el tabernero tocó con el dedo índice su sien. Es un gran cuentista. No sé de dónde saca todas esas historias absurdas.

Por un instante me sentí casi decepcionado. Qué se puede hacer, uno a veces es estúpido.

– Entonces la mujer a quien mató – sonreí –, ¿no es verdad?

– ¿Qué mujer? – preguntó calladamente el tabernero.

– La muchacha. La que fue su amor.

– El hombre tendió el menudo de vuelto con su mano callosa. Miró a mi lado como si escrutara el humo de un barco en el horizonte. Los viejos pájaros, ojos brillantes, observaban.

– Cuenta historias – dijo por fin el hombre –, desde que perdió a su novia.

– ¿Qué pasó?

– Murió – contestó seco. Dio la vuelta y comenzó a secar con un paño un vaso. Los viejos asechaban sin moverse. Cuando salía, el tabernero dijo tras de mí:

– Nunca atraparon al asesino. Ese verano construyeron el puerto. El pueblo estaba lleno de extraños.

– A medida que pedaleaba, la lluvia fría chapoteaba sobre mi espalda. En las afueras del pueblo, donde la serpentina se torna hacia el monte, y se origina la ruta de Bizancio en piedra tallada, bajo un eucalipto, oscuro, yacía el pozo. Sentí la tentación de ir hasta allí, pero seguí mi camino. Llegado a casa vacié mis bolsillos, tiré sobre el suelo de mármol mis vestimentas húmedas, me paré bajo la ducha y dejé que el agua y el vapor envolvieran largo rato mi cuerpo.

Traducido del húngaro por György Ferdinandy.

 

Eva M. Vergara

(Foto: Eva M. Vergara)

Miklós György Száraz nació en 1958, en Budapest. Autor de varios libros, ensayos y novelas. Es miembro de la Asociación de Escritores Húngaros y del PEN Club Internacional. Premio József Attila en 2003. El cuento aquí presentado se publicó en húngaro en el 2014.

 

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